BIOGRAFÍA DE WILLIAM BOOTH

En la segunda mitad del Siglo 19 William Booth y su esposa Catherine, junto con cientos de personas más, marchaban por las calles de los peores barrios de Londres y otras ciudades y pueblos de Inglaterra, entonando este himno…

“MANDA EL FUEGO”.
Para este contingente militar, la letra de la canción no eran meras palabras bonitas para atraer a la gente… ¡ellos necesitaban desesperadamente contar con el Fuego Consumidor del cual el canto hablaba! Porque ellos no eran un ejército cualquiera: Ellos estaban en guerra abierta en contra de todos los poderes de las tinieblas, y de hecho, ¡estos habían desatado su furia, haciendo cuanto podían para detenerlos!
William y Catherine Booth fueron los instrumentos de avivamiento más radicales de su tiempo. Pudieron haber continuado como ministros metodistas y haber disfrutado de relativa comodidad y seguridad por el resto de sus vidas, pero respondieron a la llamada de Dios a algo controversial, peligroso e insólito: llevar la luz del Evangelio a los rechazados de Inglaterra: los desahuciados física, moral, económica y espiritualmente, durante una época en que los más pobres eran tratados peor que los caballos.
“Vayan por las peores”
El grito de guerra de Booth era: “Vayan por las Almas… por las peores” y así lo hacían. Los peores de los pecadores eran salvos, las cantinas y prostíbulos se cerraron, y ciudades y pueblos enteros fueron sacudidos. Sus convertidos eran los maridos infieles y golpeadores de esposas, los borrachos, los ladrones y los estafadores, los criminales endurecidos y las prostitutas. Al principio, William y Catherine pensaron ser sólo evangelistas, y enviar a los convertidos a las iglesias ya establecidas, pero pronto se dieron cuenta que este plan no funcionaba por un “pequeño detalle”: el mal pasado, mal vestido y mal olor de estas personas ofendía a los, por lo visto, demasiado “santos” feligreses de las iglesias establecidas. No eran bienvenidos.
Fue entonces que Dios le dio la visión y la pasión para organizar un movimiento que no sólo retendría a sus convertidos, sino que iría agresivamente en busca de ellos. Comenzaron a emplear música ruidosa, marchas y mensajes de fuego. Y luego, salían a las calles, marchando y cantando, con banderas y estandartes levantados, haciendo su presencia notarse en todo lugar. Atraían las masas donde quiera que iban. Las salas de reunión se llenaban al grado que no había lugar ni dónde pararse. Las personas inundaban los altares para arrepentirse de sus pecados, donde quiera que iban. El poder de Dios se manifestaba maravillosamente en sus reuniones, y las personas frecuentemente caían al suelo bajo la presencia y poder de Dios.

Oposición y Persecución.
La idea de un ejército luchando contra el pecado cautivó a muchos, pero también atrajo gran oposición. Las iglesias establecidas condenaban a Booth por sus maneras alocadas y poco conocidas para ganar a los perdidos. Estaban incrédulos de que rufianes y criminales notorios pudieran realmente ser convertidos y después participar abiertamente en actividades cristianas. Pero al Ejército no le interesaba su oposición. ¿Qué les importaba la opinión de los “religiosos respetables”, mientras que atrajeran a los pecadores? Pero los “religiosos” eran el menor de sus problemas: Los dueños de cantinas y prostíbulos los odiaban porque sus negocios estaban sufriendo al grado que muchos tuvieron que cerrar.
Persuadieron a sus amigos a formar otro “ejército” clandestino, cuyo objetivo era deshacerse del Ejército de Salvación cueste lo que cueste. Y por todo el país, los “salvacionistas” enfrentaron motines que les aventaban ratas y gatos muertos, piedras, verduras podridas, sulfuro, chapopote y hasta brasas ardientes. En solo un año, 669 fueron brutalmente atacados.

La policía, por lo general, hacía poco por defenderlos, y hasta en 1884 encarcelaron a 600 de ellos bajo cargos de haber perturbado la paz. Pero lo más serio fue que hubieron mártires. La Sra. Susana Beatty fue la primera mártir del Ejército, siendo apedreada, pateada en el estómago, y dejada muerta en un callejón

“Pelearé”
¿Cómo enfrentó el Ejército tal persecución? Resistían a sus enemigos bendiciéndolos y orando por ellos. Y Booth declaraba que: “Mientras que las mujeres lloren, como lo hacen ahora, pelearé. Mientras haya niños hambrientos, como hay ahora pelearé. Mientras que los hombres entren a la prisión, con su constante entrar y salir, pelearé. Mientras que quede un solo borracho, una sola niña perdida en las calles, mientras que haya una sola alma en tinieblas sin la luz de Dios, pelearé… ¡pelearé hasta el fin!”

Deteniendo el crimen
En muchos aspectos este fue un movimiento de jóvenes, ya que la mayoría de ellos eran jóvenes llenos del Espíritu y el amor de Dios.
Josías Strong: “Probablemente durante ningún otro siglo en la historia del mundo ha habido tantos ladrones, borrachos y prostitutas salvos como en el ultimo cuarto de siglo a través de la fe y labor heroica del Ejército de Salvación”.
Charles H. Spurgeon: “Si el Ejército de Salvación fuera quitado de Londres, y aunque agregaran 5,000 más policías, éstos no serían suficientes para detener el crimen y desorden como ellos lo han logrado”.

“Intenten con lagrimas”
En cierta ocasión, dos personas fueron enviadas a un lugar para empezar una obra nueva, solo para encontrar fracaso y oposición. Frustrados y cansados, enviaron un telegrama a Booth para que cerrara la misión, pero él les devolvió un telegrama con tres palabras: “INTENTEN
CON LAGRIMAS”. Siguieron su consejo y presenciaron un poderoso avivamiento.
Pero sobre todo, era un apasionado por Dios, que conocía íntimamente Su corazón. En medio de las muchísimas dificultades de administrar y dirigir el movimiento, se apartaba para buscar al Señor, encontrar fuerza, valor y consuelo.

“Vé tú” (Jesús)
Concluimos, ofreciendo una pequeñísima porción de una de esas
visiones, que nos ayuda a entender más que era lo que le impulsaba, y
que bien puede ser una palabra para nosotros hoy día. Se trata de un
diálogo entre él y Jesucristo:
(Cristo le preguntaba:) “¿Acaso no puedes escuchar a esos pobres niños, condenados no por Dios, sino por el hombre egoísta y desconsiderado? ¿No puedes escucharlos llorar mientras sus pies los llevan hacia el camino de la perdición? “¿Acaso no puedes escuchar las cadenas de los esclavos, los gemidos de los heridos y muertos en el campo de batalla? ¿No escuchas el clamor angustiado de los pobres en sus trabajos forzados? “¿No escuchas los gritos desesperados de hombres y mujeres, muriendo por sus pecados? ¿No escuchas?” Y conforme hablaba, era evidente el gran dolor en su corazón. “¿No oyes el lloro y crujir de dientes de hombres y mujeres que han descendido al infierno, porque a ningún hombre le importaron sus almas?” Al escuchar la palabra “infierno”, sentí que la angustia me penetraba y clamé con amargura: “¡Algo tiene que hacerse! ¡Alguien tiene que ir! ¡Hombres y mujeres no pueden ser abandonados para que perezcan, sin que una mano se estreche para liberarlos!
¿Quién…quién…quién irá?”
En ese momento, [Jesús] se puso de pie, y cruzó hasta donde yo estaba y me miró fijamente. Y luego, con voz más fuerte que antes, habló una vez más. Dijo sólo dos palabras, pero penetraron hasta lo más profundo de mi alma: “Vé tú”.

Extraído de “The Salvation Army”

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