Dale hijos al Señor

Hubo una raza de padres que pudo haber levantado una raza de misioneros.  
Citaré el ejemplo de una anciana morava.  Una amiga la visitó con la tristeza reflejándose en sus miradas: “Su hijo –le dijo la amiga–, se ha ido.

–¿Se ha ido Tomás al cielo? ¿ Cayó ocupando su puesto en las actividades misioneras? ¡Cuánto quisiera que Dios llamara ahora a mi hijo Juan a la obra! Poco después Juan era también misionero y también cayó.  En esta ocasión, la comisión que vino a participarle la noticia a la madre, se manifestaba muy triste; pero antes de que alguna de las personas que la formaban hubiese abierto sus labios, la anciana exclamó: ¡Ojalá que él llamara ahora a la obra a mi último hijo, a Guillermo!”

Y Guillermo también fue y cayó, y esta vez la noble mujer dijo: “¡Cuánto quisiera tener mil hijos que darle a Dios”.

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