EL CORAZÓN DEL MINISTERIO PASTORAL

Con motivo de la investigación que está siendo sometido un conocido líder de la iglesia evangélica en Chile, y de las duras, y a veces injustas, críticas que está recibiendo, me veo en la necesidad de clarificar y explicar al pueblo cristiano en qué consiste el llamado al sagrado ministerio, y cuáles deben ser los requisitos bíblicos que debe cumplir todo hombre de Dios.

Mi ánimo no es criticar, ni satanizar como los fariseos. Solo dejar en claro cuál es el corazón del ministerio pastoral.

En todo llamado al sagrado ministerio hay dos dimensiones. Hay un llamamiento externo (ritual, objetivo, concreto) y uno interno (existencial, subjetivo, espiritual)

El libro de los Hebreos nos muestra un contraste y las tremendas diferencias entre el antiguo y nuevo testamento (Heb. 1:1-2,4; 2:2-3; 3:3,6). Obviamente el pacto de gracia (plan de redención) es uno, sin embargo, el Antiguo Testamento era precario, limitado, con menos luz (Heb. 8:5) En cambio el Nuevo Testamento posee la gloria de ser “un mejor pacto” (Heb. 8:6)

La epístola a los Hebreos nos enseña que los judíos convertidos al cristianismo fueron perseguidos y expulsados de la sinagoga. Por este motivo ellos evaluaron la posibilidad de volver al judaísmo, y apostatar del evangelio (Heb. 3:7-15; 10:38-39)

Por tanto, la carta de los Hebreos nace para expresar las glorias del Nuevo Pacto, y la piedad que conlleva vivir a la luz del Nuevo Pacto (Jer. 31:33)

De ahí las diferencias entre ambos pactos. La epístola a los Hebreos se escribe para motivar y hacer ver a los judíos conversos que el sacerdocio del Nuevo Testamento es tantísimo superior, y mejor que el Antiguo (Ez. 36:25-27)

Constantemente, en el Antiguo Testamento, encontramos un sacerdocio desgastado, sin vida, abúlico, sin el vigor de sus inicios en el desierto. Los profetas dan testimonio de ello en sus reiterados llamados a la conversión de los sacerdotes, y la constante denuncia de corrupción que se daba en el tabernáculo, y los círculos sacerdotales (Jer 7:11; 1Sam. 2:27-36; 1 Sa. 7:1; Ez 44:10-14)

De ahí la antítesis entre el sacerdocio de Leví (exclusivamente ritualista) con el de Sadoc (lleno de fuego y piedad) (1 Sam. 2:35; 2 Sam. 15:35; Ezequiel 44:15-16)

Además de la corrupción, encontramos la terrible indiferencia que tenían sacerdotes y levitas al verdadero significado de ministerio pastoral. El tedio y el aburrimiento de los sacerdotes se hacen notar en la denuncia de muchos profetas (Jeremías 23:9-40)

Casi no había distinción entre el ejercicio del sacerdocio del pueblo de Dios, y el ministerio de los “shemarin” (sacerdotes paganos que ejercían la prostitución religiosa en los tiempos cananeos)

Es que el sacerdote del Antiguo Testamento se había acostumbrado a sacrificar animales, repetir la bendición sacerdotal y a celebrar las fiestas judías de la misma manera que lo hacían sus “colegas” paganos que sacrificaban a Baal.

En resumen, los sacerdotes del Antiguo Pacto fueron denunciados porque se transformaron en meros funcionarios de lo “sagrado”. Matarifes de cuarta, asalariados de la religión, parásitos del templo, mercaderes de la fe ¿Conoce alguno de ellos?

Este sacerdocio había perdido su vocación divina y fue reducido al rito externo, a la “forma”, a los actos aprendidos, a la liturgia memorizada, a la perpetuación del oficio, a lo heredado.

En el Antiguo Testamento, para ser un ministro de Dios solo debías tener la suerte de haber nacido en la tribu de Leví, cuyos orígenes ,curiosamente, fueron de sangre y crueldad (Gen. 49:5-7), sin embargo, habían olvidado que el sacerdocio levítico debía ser una figura y un anticipo del sacerdocio de Melquisedec, el sacerdocio de paz y justicia (Sal. 110)

Sin embargo, Cristo, el sacerdote según Melquisedec, rompe y denuncia ese vicio de los hombres (Mt. 21:12-17), y renueva la institución perfeccionándola con su ejemplo. Cristo devuelve el corazón al sacerdocio, y ubica en su centro la verdadera vocación, el encuentro con Dios, el llamado de fuego, el diálogo con Dios (Sal. 42:1-3; 110)

Así, el Nuevo Testamento llama radicalmente a todo hijo de Israel a evaluar su corazón y su interioridad, con el fin de recibir un nuevo espíritu y un nuevo corazón (Heb. 8:9-13) El Nuevo Pacto rompe con el viejo molde que había sido reducido por los religiosos a la mera función, y lo renueva para estar frente al Dios vivo (Ez. 36:28)

Entonces, primeramente, el llamado de Dios es hecho para que estemos de pie ante su presencia. Es mi vida frente a Su Vida (2 Cor. 3:18) En palabras de los reformadores: Un ministerio Coram Deo, es decir, de cara Dios.

Es que el ministro de Dios no está llamado solamente a “hacer bien su pega”, sino a estar de pie ante el Dios Santo, así como los profetas del Antiguo Pacto (Luc. 1:76; 1 Reyes 17:1)

Bien decía el erudito presbiteriano John Murray: “La devoción significa una vida dada, o dedicada a Dios. Por lo tanto, es el hombre piadoso, que ya no vive de su propia voluntad, ni del camino y del espíritu del mundo, sino de la única voluntad de Dios, que considera a Dios en todo, que involucra a Dios en cada parte de su vida, y cada parte de su vida es según la piedad, haciendo todo en el nombre de Dios, y bajo las reglas que son conformes a Su Gloria”.

Podríamos decir que Cristo hace las funciones de sacerdote pero con corazón de profeta (Juan 2:17) De la misma manera debe ser el oficio pastoral. Ser sacerdotes, pero con corazón de profetas. Lo externo y lo interno, lo objetivo y lo subjetivo, lo concreto y lo existencial, lo ritual y lo piadoso. Ninguna de estas dos experiencias puede ser divorciada de la Gloria de Dios.

Ejemplos de esto último son Isaías y Jeremías. Ambos con abolengo sacerdotal, pero llamados para ser profetas (Is. 6; 6-8; Jer. 1:5) No es que Dios menosprecie el oficio sacerdotal, sino que Dios está apuntando a Cristo como la realidad última y completa de lo que es el verdadero ministerio pastoral en el Nuevo Pacto (Jn. 10:1-6)

Entonces, el Nuevo Testamento establece dos requisitos fundamentales en sus ministros: un encuentro con el Dios vivo y verdadero, y un corazón piadoso para la gloria de su Nombre (Hch. 13:2; 20:28; Mr. 3:13-14)

Esta es la única forma en que un hombre puede ser transformado en ministro de Dios, en testigo de Dios. Los profetas eran testigos, y por eso comenzaban su predicación con el siguiente oráculo: “Así dice el Señor…” (Is. 21:6)

Otra diferencia que podemos recoger es que el sacerdote del Antiguo Testamento ofrecía sacrificios ajenos (Heb. 9:25) Ofrecían victimas con las cuales no tenían relación alguna. El procedimiento del sacerdote era el siguiente: tomaba el animal, lo degollaba, pronunciaba las palabras apropiadas, y luego iba a lavarse las manos de la sangre salpicada (Isa. 1:11-16)

En cambio, en el Nuevo Testamento, nuestro Sumo Sacerdote se ofrece a sí mismo. La víctima ofrecida es él mismo. No entrega sacrificios, sino que se hace sacrificio así mismo. No consagra ofrendas, sino que él mismo se consagra como ofrenda al Dios vivo (Gal. 2:20)

Y efectivamente, al igual que el sacerdote del Antiguo Pacto, se adorna y se viste, pero lo hace con su sangre. Así, sus vestiduras, sus ornamentos, sus ropas sagradas pasan a ser su propia sangre, y su propio cuerpo (Apoc. 1:5; 19:13)

Por esta razón el llamamiento del Nuevo Pacto es superior, mejor, y más excelente. Porque tiene como modelo a Cristo, quien es Sumo Sacerdote y Cordero a la vez.

En resumen, la distinción entre un pacto y otro, es que el primero apunta a una realidad externa, es figura, es sombra, es tipo (Heb. 8:5) En cambio, el Nuevo Testamento es sustancia, es cielo, es piedad, es gracia, es entrega total (Heb. 9:24)

Los sacerdotes del Antiguo Pacto no tenían tan clara esta distinción. No así nosotros, que tenemos el ejemplo mismo de alguien que se hace sacrificio por su pueblo.

Esta realidad tiene consecuencias prácticas y existenciales. Ya que todo ministro de la palabra debe preguntarse tres cosas. Si realmente ha sido llamado por Dios, si realmente se ha encontrado con su Señor, y si ha tomado la decisión de ofrecerse piadosamente como su Maestro.

Cada una de estas preguntas revela la opción del corazón. Es la prueba ácida de la piedad, que pocos están dispuestos a hacerse. Y sobre todo hoy, cuando al parecer, la iglesia de Cristo está siguiendo los mismos pasos de los sacerdotes del Antiguo Pacto, los cuales fueron desechados por quebrantar el pacto de gracia.

Debiéramos temblar ante la fuerte declaración que nos hace el puritano William Gurnall: “Ninguno se hundirá tan profundo en el infierno como los que se acercaron una vez al cielo, porque caen desde la más alta altura”

Ruego a Dios, que cada ministro, pastor, presbítero y obispo, haga suyas las palabras del puritano Thomas Watson:

“No pienses bien de aquellos pecados porque están de moda. No tengas un buen concepto de la impiedad y de la maldad, porque la mayoría anda en esos caminos torcidos. La multitud es un argumento estúpido… El nombre del diablo es Legión (Mayoría)… Las explicaciones de la mayoría no te salvarán ante el trono de Dios. Dios te preguntará “¿Por qué quebrantaste mi pacto?” Entonces dirás en aquel entonces, “Señor, porque la mayoría de los hombres lo hicieron”, sin embargo, será una respuesta pobre: ​​Y Dios te dirá, “Entonces viendo que has pecado con la multitud, ahora irás al infierno con la multitud”

 

                                                                                                                   SOLI DEO GLORIA

 

          

 

Rev. Walter Vega, V.D.M.

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