ENSÉÑANOS DE TAL MODO A CONTAR NUESTROS DÍAS

El salmo 90 es uno de los salmos más profundos de todo el salterio, porque el tema central es la infinidad de Dios, y la fugacidad del hombre.
A este salmo se le ha llamado el “salmo de la noche vieja”. Muchos cristianos ven reproducida en este salmo la disposición de ánimo que les embarga el último día del año, cuando piensan en la brevedad de la vida y en lo efímero del hombre

La vida, al igual que un arroyo, le suceden instantes donde el agua fluye como un remanso, en cambio, hay otros momentos donde escurre como raudal. A veces la vida se transforma en tedio que desespera; y otras en vértigo y adrenalina nos ponen a mil por hora.
Es que es inevitable no ponerse a reflexionar en este tiempo. El fin de un año que se va, y el comienzo de uno nuevo, nos llaman a reflexionar sobre la trascendencia de la vida.

Pero, ¿qué se produce en nosotros para que en determinados instantes naveguemos en lo insondable de la existencia? Deduzco que es la idea de “tiempo” ¿Y qué es el tiempo? ¿Acaso no son las hebras de nuestra existencia con el cual tejimos nuestra vida? ¿Y qué es la vida, acaso no es saber urdir los filamentos del pasado, presente y futuro?

El pasado. Pensemos en un día que no tuviera pasado. Sería como alguien que despierta con amnesia, no sabría quién es, sin identidad, sin propósito, sin sueños, sin intimidad ¿Qué historia podrá contar?, ¿Cuál sería su punto de referencia?

El futuro. Ahora pensemos en un día sin un “mañana” ¿Cuánta gente vive sin esperanza? Pensemos en los hijos del relativismo, los que dicen: “vive el ahora, atrapa el momento” ¡Comamos y bebamos que mañana moriremos! Sin embargo, conocemos el dolor de aquellos que no tienen una razón de vivir. Porque detrás de su relajo, de su cinismo, o vida light, hay una terrible soledad y larvada desesperanza.

El presente. ¿Podríamos suponer un día sin presente?, ¿Parece raro no?, pero San Agustín nos dice algo asombroso: “Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente… Ya no sería tiempo, sino eternidad” San Agustín nos dice que ese día existe, ese día sin “tiempo” es la experiencia de la muerte.

¿Y qué nos quedará cuando vivamos la experiencia de la muerte? Solo nos quedarán dos cosas: El pasado, o sea, todo lo que vivimos en la tierra; y el futuro, la eternidad. El día sin presente es la misma eternidad, y en ese día ya no habrá más oportunidad de arrepentimiento, ni de conversión. Todo será una eternidad sin retorno, donde nos encontraremos cara a cara con Dios en el juicio final. O como decía un puritano: “La eternidad para los piadosos es un día que no tiene puesta de sol; la eternidad de los impíos es una noche donde nunca sale el sol”

Es que no nos hemos dado cuenta que el presente es un “presente”, un obsequio, un regalo de Dios para que vivamos para su gloria. Por eso, ante la muerte, ya no tendremos ese “presente”, esa oportunidad maravillosa de cambiar y de arrepentirnos, de amar y de perdonar.
Entonces, es bueno revisar y evaluar cómo estamos tejiendo nuestras vidas, la trenza del pasado, presente y futuro. Es sabio escuchar qué es lo que entonan nuestras huellas en su deambular famélico y asendereado. O como dijo Moisés: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría”.

Pero lo más maravilloso, amada iglesia, es que nuestra vida no es el resultado del azar, ni de una oscura deidad griega, ni tampoco del caprichoso destino, sino que viene de un Dios lleno de gracia y de bondad. El bocací de nuestras vidas (pasado, presente y futuro), está seguro en las omnipotentes y graciosas manos de nuestro Padre celestial.
La trama de nuestra existencia no corre hacia el abismante y terrible averno, sino que vuela a los brazos del amor divino. Él es refugio de generación en generación, nuestra torre fuerte, nuestra roca eterna. Ni la muerte tiene poder para amedrentarnos, o como dijo un sabio puritano: “La muerte solamente es un sombrío portero que nos da la entrada al palacio de nuestro Señor”

Solamente en el poder del evangelio alcanzamos paz respecto de lo que hemos sido, y esperanza en lo que aspiramos ser. Es en su gracia y providencia divina donde podemos conciliar los dramas e infortunios de nuestra vida, y a la vez elevar nuestros corazones en eterna gratitud a aquel que es la fuente de nuestra dicha.

En la institución de la Santa Cena, el apóstol Pablo nos enseña a mirar la ristra de nuestra vida con los ojos del evangelio. Sintetiza magistralmente el drama de la historia, y nos enseña a interpretar el pasado, presente y futuro a la luz del Pacto de Gracia.

Nuestro pasado debe ser recordado al amparo de la muerte de Cristo: “en memoria de mí”. Nuestro futuro debe ser visto con la esperanza de su regreso: “hasta que él venga”. Y nuestro presente debemos vivirlo con la certeza de que Cristo es nuestro único sustento: “tomad, comed”

En el evangelio, la historia de Cristo, se convierte en nuestra historia. Ya no hay dolor, ni culpa, ni vergüenza. Cristo ha vencido, y con su sangre hizo pacto eterno con nosotros. Ahora somos su pueblo, sus hijos, su esposa.

Como dijo J.I. Packer: «Él me conoce como un amigo, como uno que me ama; y no hay instante en que quite sus ojos de mí, o que su atención se vea distraída de mí; por lo tanto, en ningún instante flaquea su cuidado. Este es un conocimiento trascendental. Hay un consuelo indecible… en saber que Dios está constantemente informado acerca de mí en amor y vigilándome para mi bien».

 


 

Rev. Walter Vega, V.D.M.

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