LA VISIÓN DEL CORDERO

Pocos años después de aquel extraordinario avivamiento del país de Gales en 1903-04, hubo una reunión en una pequeña ciudad llamada Llanelli, en una antigua capilla presbiteriana en el país de Gales. El avivamiento aún estaba tocando a todos, y el local estaba abarrotado. Dos señoras de edad que estaban presentes en aquella reunión, pero que ya hace tiempo partieron en el Señor, me contaron esta historia. Mientras el predicador ministraba, uno de los ancianos de la primera fila apuntó a algo sobre su cabeza. En la pared posterior del púlpito apareció una visión. Era la imagen de la cabeza de un cordero, con grandes ojos humanos, de cuyos ojos corrían lágrimas como un río. Aquello permaneció por más de media hora, tanto que algunas personas corrieron a buscar vecinos para traerlos a la reunión. El predicador jamás concluyó su mensaje. En vez de eso, todos cayeron de rodillas, preguntando a Dios qué significaba aquello. Ellos recibieron este entendimiento: un tiempo de problemas inimaginables estaba por acontecer sobre la faz de la tierra. Con todo, nadie percibió la inmensidad del problema.

Nosotros tenemos este Libro; es la revelación del corazón y de la mente de Dios. Tenemos una salvación tan plena, tan poderosa y tan valiosa para Dios, a través de la cual él nos ha traído en unión consigo mismo en Cristo. El Espíritu Santo nos fue dado para conducirnos a todo lo que es nuestro Señor Jesús. Aun así, vivimos como mendigos. Estamos adormecidos. Si no estamos dormidos, somos como sonámbulos. ¡Cuán necios somos!

«Tened cuidado, para que ningún hombre os desencamine; cuidad de vosotros mismos, sed cautelosos, yo os he dicho de antemano todas estas cosas. Sed cautos, vigilad y orad … Estad preparados, pues en una hora en que no pensáis, viene el Hijo del Hombre».

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