¿QUÉ HACEMOS CON EL PACTO MIGRATORIO?

Con ocasión del impase surgido entre el Gobierno y los parlamentarios que asistieron al “Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular”, se nos hace necesario abordar a la luz de la Biblia, qué principios deben ser considerados al momento de hablar y debatir respecto de la migración, y cuál debiera ser la actitud de la iglesia evangélica frente a este tan delicado tema.
El fenómeno de la migración es una realidad que encontramos a lo largo de toda la Biblia. El destierro de Adán y Eva, la salida de Abraham de Mesopotamia, el Éxodo de Israel, la dispersión babilónica y la huida del niño Jesús a Egipto, son un ejemplo de ello. Sin embargo, no deja de ser un acontecimiento complejo cuyas dimensiones teológicas son profundas y enmarañadas. Por eso, y sin pretender abarcar a plenitud este tema, me permito mencionar algunos principios generales:
El primer principio es reconocer que el fenómeno migratorio es el resultado y consecuencia del pecado de Adán y Eva. Antes de la caída, ellos estaban en “casa”. El huerto del Edén era su patria, y su patria era el Reino de Dios. Pero por su desobediencia fueron expulsados del huerto (Gen. 3:23-24) Se transformaron en “exiliados” del Reino (Rom. 3:23) El pecado trae consigo muerte, y la “muerte” podemos definirla como separación de Dios. Por tanto Adán y Eva fueron separados, exiliados de la presencia de Dios y se transformaron en inmigrantes. Así nosotros, por ser descendientes de Adán, también somos inmigrantes y expatriados del paraíso (Rom. 5:12)
El segundo principio es que la gracia y el evangelio proveen el camino y los medios suficientes para regresar a los brazos de nuestro Padre celestial (Rom. 5:15; 6:23) Este principio nos permite decir que la inmigración es una institución que encuentra refugio en la gracia divina (Sal. 36:7-9) Toda persona debe buscar su felicidad, y cuando la vida se ha tornado inestable, peligrosa, o imposible en su lugar de origen (persecución política, religiosa, pobreza endémica etc.), esa persona tiene el derecho a abandonar su país y emigrar a otro lugar donde pueda “volver a nacer”, y comenzar una nueva vida (Heb. 11:8-10)
Pero también debemos advertir que así como existe el derecho a emigrar también está el derecho a “no emigrar” (Sal. 137) Con esto queremos decir que las políticas migratorias no deben ser impuestas, ni mucho menos coaccionadas por la fuerza. Nadie debe ser expulsado de su patria. Por esta razón, los estados tienen la obligación de prever e identificar las causas y razones que originan el fenómeno de la migración en las zonas de conflicto. Esto implica que la comunidad internacional y sus entes políticos, en lugar de atacar los síntomas o consecuencias de la migración, deben hacerse parte y buscar soluciones concretas para evitar las causas reales que provocan el éxodo de miles de familias (gobiernos corruptos, dictaduras, catástrofes naturales, enfermedades endémicas etc.) Por otro lado, el migrante también tiene la obligación de haber agotado en su país todas las instancias posibles para hacer valer los derechos que no le han sido reconocidos, y a la vez (en su condición de ciudadano) haber luchado activamente en la resolución de los conflictos de su patria.
Un tercer principio nos enseña que el derecho a emigrar no es un derecho omnímodo, o absoluto, es decir, cómo si el inmigrante tuviera “carta blanca” para entrar al país que se le antoja. Dicho de otra manera: Todos los estados son soberanos para establecer sus políticas de migración, regulando el ingreso, condiciones, modos y formas de incluir a los inmigrantes en la sociedad. No olvidemos que Jacob y su familia no entraron “ilegalmente” a Egipto, al contrario, fueron invitados por Faraón (Gen. 47:5-11)
La Palabra de Dios nos enseña que el extranjero debe ser tratado como un hermano (Deut. 10:18; 23:7), e incluso como si se tratara del mismo Jesucristo (Mateo 25: 31-45) Sin embargo, cada estado debe observar un principio superior, esto es, el bien común de la patria y el respeto por sus tradiciones (Ex. 12:19, 43; 12:48) Por ejemplo, el pueblo de Israel debía cuidar su identidad cultural, religiosa y nacional. La condición de ser extranjero no era excusa para incumplir las normas del pueblo de Israel, al contrario, estaban obligados a observar la ley como cualquier israelita (Ex. 12:48-49; Lev. 16:29) De ahí se desprende que cada gobierno debe evitar una inmigración irresponsable e indiscriminada que podría resultar nociva para la nación. El inmigrante debe ser integrado, incluido, asociado y tiene la obligación de adaptarse a la cultura donde llegará a vivir. Con esto se garantiza la identidad nacional y no se cae en el multiculturalismo asimétrico (admiración desmedida por lo extranjero en desmedro de lo nacional) que el nuevo orden mundial nos quiere imponer.
Un cuarto principio nos enseña que toda política migratoria debe tomar en serio la doctrina de la depravación total del hombre (Rom. 1:18-32) Con esto no queremos decir que debemos rayar en la xenofobia y la paranoia, pero tampoco debemos caer en la idealización de lo extranjero en desmedro de la cultura propia. Los discursos progresistas cometen este error, sin embargo, olvidan que acoger, asimilar, e integrar grandes poblaciones de inmigrantes entraña complejos problemas y desafíos que debe asumir la sociedad entera. Detrás de las migraciones no solo hay padres de familia, mujeres y niños vulnerables que necesitan refugio, sino que también se infiltran “convidados de piedra” que precisamente no vienen a contribuir al país (narcotráfico, trata de blancas, sicarios, esclavitud, terrorismo etc.) El amor al prójimo no puede ser ingenuo o cándido, el inmigrante también ha sido afectado por el pecado, y como ejemplo podemos mencionar la experiencia del terrorismo islámico en Europa y U.S.A. Entonces no basta con tener un discurso sentimentalista y políticamente correcto, debemos considerar la naturaleza pecaminosa de todos los hombres, y tomar medidas realistas, serias y eficientes en el caso de la inmigración.
Al inicio dijimos que por causa del pecado todos éramos inmigrantes. Sin embargo, el evangelio nos traía de regreso al “hogar”. Cristo es el evangelio, y por amor a nosotros se hizo un refugiado (Mateo 2: 13-18) Dejó su gloria, sus riquezas, su trono y vino a este mundo para llevarnos de regreso a la patria celestial, y hacernos ciudadanos del cielo (Fil. 3:20)
Nuestra mirada del inmigrante debe estar informada por el evangelio. Todo inmigrante es imagen de Dios (Génesis 1: 26-27) Y Dios repetidamente dice que ama y tiene una preocupación especial por el huérfano, la viuda y el extranjero (Deut. 10: 17- 19; Sal. 146: 9) Cuando extendemos la compasión al extranjero e inmigrante lo estamos haciendo a Cristo mismo, y es una oportunidad única para demostrar el evangelio y amor a aquellos que aún no son creyentes. Generamos oportunidades para dar respuesta “a todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pe. 3:15) y cumplimos el mandato de “id y haced discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19)

 


 

Rev. Walter Vega, V.D.M.

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