“…QUE LO HAGA POR LA FORTALEZA QUE DIOS DA…”

El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.   (1 Pedro 4:11)
Guillermo Wilberforce se crió en una familia privilegiada y estudió en la Universidad de Cambridge. Dos semanas después de cumplir veintiún años, fue elegido diputado al Parlamento británico, donde destacó como brillante orador y político. Más tarde conoció a John Newton, el autor del conocido himno Sublime Gracia. Éste había sido capitán de un barco que traficaba esclavos hasta que tuvo un encuentro con Jesucristo; ahí se arrepintió de su vieja vida y se hizo ministro del evangelio. Cuando Wilberforce conoció a Newton, la semilla destinada a cambiar la historia quedó sembrada en su corazón. En 1787, el político comenzó una campaña para concientizar a Gran Bretaña de las atrocidades de la esclavitud y votar a favor de su abolición. Fue una batalla encarnizada, pues tuvo que enfrentarse no sólo a políticos y empresarios, sino también a los mismos líderes religiosos, quienes igualmente tenían sus esclavos.
Desde el lecho de muerte, Juan Wesley le escribió a Wilberforce: “Si Dios está contigo, ¿quién será contra ti? ¿Son todos ellos más fuertes que Dios? ¡No te canses de hacer el bien! Sigue adelante, en el Nombre de Dios y en el poder de su fortaleza, hasta que la esclavitud quede totalmente aniquilada, aun en los Estados Unidos (la más vil jamás vista en la tierra).”
Wilberforce perseveró, porque sabía bien lo que estaba en juego: la vida de millones de personas. Por fin, el 23 de febrero de 1807, se aprobó en el Parlamento británico la Ley de Abolición de la Esclavitud, con 283 votos a favor y 16 en contra. Veintitrés años después, hacia el final de la vida de Wilberforce, la esclavitud fue abolida en todo el imperio británico. Y poco más tarde sucedió lo mismo en los Estados Unidos. Esos cambios tuvieron lugar gracias a que un hombre decidió vivir según el principio de “…servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13).
Fuente: Ministerio de Literatura Voz Que Clama.

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