SIN VACILAR MARCHAD SOLDADOS DE JESÚS

Desde hace muchos años que no había visto un nivel de brutalidad, odio, y violencia hacia la iglesia evangélica como lo acontecido el pasado 27 de Octubre. El horrible ataque perpetuado en contra de la Marcha para Jesús, dejó en evidencia que nuestra democracia y sociedad aún no ha madurado lo suficiente, ni tampoco ha logrado la tan anhelada reconciliación.

La paz es y será constantemente uno de los anhelos más profundos del corazón humano. Y la misma iglesia chilena no está exenta de responsabilidad en el llamado a la pacificación y la reconciliación de nuestro país.
Citando a célebre Juan A. Mackay, seguimos mirando desde el “balcón”, leemos los titulares de la prensa, nos informamos por las redes sociales, lamentamos lo sucedido, rasgamos vestiduras, y anunciamos la segunda venida de Cristo. Pero ni las horribles noticias de los cristianos perseguidos en Siria nos conmueven, ya que seguimos cómodamente mirando desde el balcón.
¿Qué es el balcón? El ex rector del seminario de Princeton lo explica magistralmente: “El balcón —esa pequeña plataforma de madera o piedra, que sobresale de la fachada, en las ventanas altas de las casas españolas e iberoamericanas— es el lugar en que la familia puede reunirse al atardecer o por la noche, para contemplar… todo lo que pasa allá abajo en la calle… el Balcón es el punto de vista clásico, y, por tanto, el símbolo, del espectador perfecto, para quien la vida y el universo son objetos permanentes de estudio y contemplación… Un hombre puede vivir una existencia permanentemente balconizada… Porque el Balcón significa una inmovilidad del alma…”
El análisis de Mackay es inquietante, no podemos seguir siendo meros espectadores en un mundo que se cae a pedazos, debemos preguntarnos y cuestionar tanto nuestra teología práctica, así como nuestra cosmovisión, y actuar cuanto antes.
Sin embargo, debemos dejar muy en claro que todos los actos de violencia que estamos observando, no son más que la expresión y síntoma de lo que se viene cocinando desde hace mucho tiempo en distintas esferas de la sociedad. Filosofías e ideologías enemigas de Dios y de la dignidad humana, han ido construyendo expectativas falsas en las aspiraciones de algunos sectores y actores sociales. Por ejemplo, la justificación vergonzosa que hicieron algunos académicos de la UNAP de la agresión al ex candidato J.A. Kast cuando fue agredido en Iquique, o la nula reacción que han tenido algunos sectores políticos (en especial los de izquierda) quienes se han negado a repudiar los hechos de violencia acaecidos en la “Marcha para Jesús” ¡Y para qué hablar de las iglesias cristianas quemadas en la octava y novena región! Todo esto es una pequeña muestra del odio sembrado en nuestra nación.
Por lo tanto, toda la problemática actual es una responsabilidad que debemos asumir y enfrentarla directamente, ya que nos atañe a todos. Sobre todo si esa violencia está dañando a la iglesia
Lo primero que debemos hacer es no caer en el flagelo de la desconfirmación o la indiferencia. La desconfirmación es esa actitud que dice “no te apruebo, pero tampoco te rechazo, sencillamente no existes para mí”, en otras palabras, “no estoy ni ahí contigo”. Pero el evangelio es lo opuesto. Nos confronta, y nos exige asumir nuestra responsabilidad en el conflicto. Toda solución al conflicto comienza por sacar la viga de nuestro ojo, solo así podremos tener una mirada limpia de lo que está pasando.

Lo segundo que debemos entender es que el evangelio es la respuesta más profunda a las relaciones rotas y quebradas. Fuimos reconciliados con el Dios Santo. Solo la obra de Cristo es la base sobre la cuál estamos reconciliados y perdonados con Dios y con los hombres. El perdón eternal es antes que el temporal. Esto nos compromete a convertirnos en embajadores del evangelio de la paz, y en ministros de reconciliación.

En tercer, lugar debemos ser protagonistas activos en la lucha contra la violencia y la injusticia. Ya hemos visto a la iglesia participando en distintos procesos de paz y justicia en el mundo. Como ejemplo tenemos a William Wilberforce en Inglaterra, quién (con Biblia en mano) luchó por el cese definitivo del comercio de esclavos y más tarde abolió la esclavitud, o el célebre pastor luterano Dietrich Bonhoeffer, quien fue martirizado por luchar contra el régimen nazi. Pero el ejemplo más reciente de pacificación lo tenemos en los cristianos coptos de Egipto, que este año 2018 fueron nominados al premio Nobel de la Paz, por su negativa a tomar represalias contra actos recientes de violencia anticristiana.
La iglesia tiene un mensaje más profundo y trascendente que la “Pax Romana”. La paz de Roma era una paz negativa, es decir, solo consistía en ausencia de guerras, sin embargo, estaba desprovista de un contenido trascendente. Como bien decía el historiador Tácito: “Solitudinem fecerunt, pacem appellarunt” (crearon un desierto y lo llamaron paz)
La paz cristiana no solamente es ausencia de conflicto, sino un encuentro con Dios, el Dios de toda justicia. Es un encuentro con Cristo, el Cristo que te dice: Te perdono sobre la base de mi sacrificio, por lo tanto ya no hay deuda, no tengo nada en contra tuya.
Y para terminar, dejemos de lado la victimización. Le hacemos un flaco favor a la iglesia y a nuestro mensaje cuando nos presentamos como ovejas que deben ser defendidas por “papá estado”. De otra forma seguiríamos el mismo camino de aquellos colectivos que se victimizan ante la sociedad culpando a todo el mundo de sus carencias y flaquezas. No olvidemos que la iglesia se confirma y crece en tiempos de persecución. Desde el pesebre hasta la cruz todo fue persecución en la vida de nuestro Señor “24 El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. 25 Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa? (Mt. 10:24-25)
Podríamos decir que la persecución realza la verdadera identidad y naturaleza de la iglesia. El “ser” de la iglesia implica el “padecer” de la iglesia. No existe iglesia sin persecución. No existe el cristianismo sin martirio: “Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Fil. 1:29)
Por lo tanto, no es el mundo quien debe establecer la paz sobre la tierra, esa es misión de la iglesia ¿Por qué? Porque nuestro marido es el “Príncipe de paz” (Isaías 9:6)

Rev. Walter Vega, V.D.M.
Egresado Derecho
Licenciado en ciencias teológicas y filosóficas
Master en Teología
ThDr. (c)

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