TU PRIMER AMOR

 

Por Denny Kenaston

Permíteme llevarte por un momento en un viaje al pasado. Piensa en el nacimiento de tu primer hijo. Medita por un momento y deja que tu mente te lleve hacia atrás. Contempla los primeros días de tu primogénito. ¡Estabas maravillado! Te mantenías muy emocionado, abrazaba o amamantaba a esa pequeña imagen de ti mismo(a). Piensa en cómo te sentiste.

Fácilmente recuerdo las memorias del nacimiento de nuestra primera hija y también del nacimiento de mis demás hijos. Mi esposa Jackie y yo nos dijimos el uno al otro: “Ella es nuestra nenita. Es parecida a nosotros; hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne, un regalito de Dios.” Al contemplarla, nosotros nos sentíamos abrumados por la responsabilidad de cuidar a esa niña que había sido encomendada a nosotros. Como padres, estuvimos viviendo nuestro “primer amor” y estábamos muy emocionados. Estoy seguro que tuviste una experiencia similar al nacer tu primer hijo.

Yo deseo explicar lo que quiero decir cuando utilizo la frase “el primer amor”. Todos entendemos el significado de la frase “el primer amor” tal como es usada en la Biblia. Dios usa esta frase en Apocalipsis 2.4–7, exhortando a la iglesia de Éfeso. Le dijo “has dejado tu primer amor”. Dios le recordaba a la iglesia el dulce amor que ella le mostró a Él en sus comienzos. (Usted puede leer acerca de esto en Hechos 19.) El primer amor es la piedra fundamental sobre la cual se edifica una vida de amor constante a Dios. Tal primer amor crece, se profundiza y madura con el pasar de los años.

Este principio se aplica también al matrimonio. Todos podemos recordar el día de nuestra boda y los gloriosos días del noviazgo. Esta experiencia del primer amor produjo los votos de por vida que fluyeron de nuestros corazones. Debemos construir sobre tal primer amor todos los días de nuestro matrimonio.

Y así debe ser con el nacimiento de cada uno de nuestros hijos. ¿Acaso hemos perdido nuestro primer amor hacia nuestros hijos? Muchas veces hemos comenzado bien, pero luego otras cosas nos distraen. Seis de nuestros ocho hijos nacieron en nuestra propia casa, suceso que fue una experiencia maravillosa y conmovedora. En cada uno de los alumbramientos, el Espíritu de Dios estuvo cerca cuando nació el bebé. Muchas parteras concuerdan conmigo al decir que Dios está presente de una manera muy especial en el nacimiento de cada bebé. Yo creo que Dios santifica este dulce evento para unir a los padres y al niño en una relación de amor para toda la vida. Dios hace esto para que los padres se consagren en criar a sus hijos para Él. Esta relación entre los padres y el hijo es la piedra fundamental sobre la cual se edifica una vida poderosa que honra a Dios.

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